UN DESASTRE EN LAS REDES SOCIALES

Como profesional dedicada a estudiar el impacto de la desinformación en la sociedad, a menudo me gustaría que los jóvenes emprendedores de Silicon Valley que nos brindaron los medios para comunicarnos a alta velocidad se hubieran visto obligados, antes de comercializarlos, a usarlos en un escenario como el del 11 de septiembre.

Una de las imágenes más icónicas de aquel día muestra a un numeroso grupo de neoyorquinos mirando hacia arriba. La fuerza de la fotografía radica en que conocemos el horror que estaban presenciando. Es fácil imaginar que, hoy en día, casi todos los presentes tendrían en la mano un teléfono móvil. Algunos estarían grabando lo ocurrido y difundiéndolo en Twitter o Facebook. Alimentados por las redes sociales, los rumores y la desinformación crecerían sin control, al tiempo que proliferarían las publicaciones rebosantes de odio hacia la comunidad musulmana. La especulación y la rabia se verían potenciadas por algoritmos que responderían a un nivel sin precedentes de comparticiones, comentarios y «me gusta». Los agentes extranjeros de desinformación aumentarían la división, azuzando a las distintas comunidades y sembrando el caos. Entretanto, aquellos atrapados en las torres retransmitirían en vivo sus últimos momentos.

Una prueba de estrés realizada en el contexto de los peores momentos de la historia podría haber aclarado lo que los científicos sociales y los propagandistas saben desde hace tiempo: que las personas estamos programadas para responder a detonantes emocionales y compartir afirmaciones erróneas si ello refuerza nuestros prejuicios y creencias. Sin embargo, los diseñadores de las redes sociales creían fervientemente que la conectividad promovería la tolerancia y contendría el odio. No entendieron que la tecnología no cambiaría nuestra esencia, solo proyectaría nuestra manera de ser.

La información digital de mala calidad lleva rondando desde mediados de los noventa. Pero, en 2016, varios acontecimientos dejaron claro que habían surgido fuerzas más oscuras: la automatización, la microfocalización y la coordinación alimentaron campañas de información concebidas para manipular la opinión pública a gran escala. 

Debemos considerar que existen diversas clases de desinformación en Internet, desde vídeos manipulados a cuentas falsas, pasando por memes generados para descontextualizar contenidos verídicos.

Una de las principales herramientas que usan quienes difunden narrativas falsas es la inclinación que todos tenemos a compartir contenido que refuerce nuestros prejuicios.

Hasta ahora, la investigación del fenómeno ha pecado de simplista. Diferenciar entre los distintos tipos de información dañina y entender cómo contribuimos a difundirla es clave.

Si quieres saber más al respecto, te invitamos a ver el artículo completo en: https://www.investigacionyciencia.es/revistas/investigacion-y-ciencia/verdades-mentiras-e-incertidumbres-782/caos-en-las-redes-sociales-17965